Anaga Mar de Nubes

Anaga siempre me sorprende

Anaga siempre me sorprende, es mi “rincón de pensar”, de estar conmigo en soledad, cuando necesito poner perspectiva a las cosas o simplemente pasear por sus caminos y senderos, respirar profundamente su aire limpio, tocar los troncos fuertes como columnas y las hojas verdes, frescas y frágiles de sus bosques.

Y es que Anaga lo tiene todo para ser un paraíso: playas salvajes, caseríos legendarios, bosques milenarios y leyendas de como el hombre trató de domesticarla y solo pudo optar a convivir junto a ella, para terminar amándola o marchando de su lado.

 

Y es que Anaga lo tiene todo para ser un paraíso

 

Porque Anaga es salvaje, agreste, dura y si me lo permites, en ocasiones cruel. Sin embargo, su belleza es admirada por todos las que la visitan, propios y extraños contemplan sus riscos, sus bosques, sus playas de arena negra y no pueden más que admirarla.

Tuve la suerte de criarme en su vertiente lagunera, de contemplar diariamente su bosque de laurisilva, recuerdo incluso acompañar a mi abuelo Sinesio, con su yunta de bueyes, a coger leña de brezo para hacer las horquillas de las viñas. También recuerdo de ver los primeros ejemplares de muflones en el Llano de Los Viejos, donde se aclimataban antes de llevarlos a Las Cañadas del Teide.

Por eso siempre vuelve a Anaga, a pasear, a hacer deporte o simplemente a contemplarla, mejor dicho, a admirarla. Porque Anaga siempre sorprende, muchas de las veces a la vista, y otras, al alma.

Bosque de Laurisilva en Anaga
Bosque de Laurisilva en Anaga
Anaga mar de nubes
Anaga mar de nubes

Sobre el Autor: Enfoque3

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